Breve contra traducción de “Sobre el agua” de Francis Ponge
Atrapada en su química, sólo dos átomos, hidrógeno y oxígeno. Ningún otro elemento, ni el aire, ni el fuego, ni la tierra son así de puros.
Es cuerda como un abogado, obedece a sus propias leyes escritas en vaivén infinito de las olas de espuma de los lagos del sur. Es la locura la que la guía y sostiene su eterno modo de estar.
Es voluble, curiosa, a veces viaja bajo tierra para visitar a las cosas muertas, a la semana se le ocurre subir al cielo, para conocer a los recién llegados al Paraíso. No tiene un único vicio, tiene varios, es inconstante y contradictoria. Tan pronto como se deja caer por su propio peso, se vuelve altiva y pretenciosa, entonces se deshace, se hace humo, vapor y ya nada ni nadie la atrapa.
Perforadora y feroz, sí. Astuta, aunque parezca tonta, también. Ella puede hacer con nosotros lo que quiera, porque ama y odia con el mismo empeño.
Se podría decir que en ella que hay una persistencia obstinada en provecho de su tenaz personalidad informe.