Ensayo

Playa borrada: transformación urbana y memoria en la costa porteña​

“no sabemos qué hacer

cuando todo parece a punto de desmoronarse”

Marília García, “Parque de las ruinas”,

En los años ́60 las y los porteños disponían de varios kilómetros de playas públicas en el Río de la Plata. Proyectos como el Balneario Municipal de la Costanera Sur creado en 1918, y durante los años ́60 y ́70 los balnearios Saint Tropez o El Ancla hacia la ribera norte, no eran solo lugares para nadar. Eran parques públicos junto al agua, con arboledas, espacios para caminar, restaurantes y juegos para las niñas y los niños. Encarnaban la idea de un espacio público saludable y democratizador, donde diferentes sectores sociales podían compartir el ocio y el aire libre. Refugio de jóvenes y familias, al río se llegaba a pie, bajando apenas unas escalinatas o atravesando un parque que prometía una orilla abierta y generosa. [1]
Pero las nuevas configuraciones urbanas dieron por terminada la accesibilidad al río, y los procesos de cambio de fisonomía en el borde de la ciudad suspendieron paulatinamente la posibilidad de playa.
Esta desterritorialización -. entendiéndola como proceso de ruptura y liberación de los códigos y fijaciones que estructuran un territorio, ya sea físico, social o conceptual, de acuerdo a como Deleuze y Guattari la definen en Mil mesetas– estuvo fundada en “la necesidad de ganarle terreno al río” y primó como política, opuesta a la improductividad playera. La orilla orillando nomás, con su arena, sus piedritas y el agua entrando y retirándose según las horas; la posibilidad de restablecer ese espacio liminal entre lo urbano y el horizonte; la pura playa, fueron vedadas. [2]
¿Cuál es el nuevo territorio que funda la urbanización de la costa? ¿Qué oculta? La costa porteña comenzó a rellenarse con escombros. Barrios enteros fueron demolidos para construir autopistas. La modernización de la ciudad de Buenos Aires desde fines de los ́70 supuso la destrucción no solo de miles de viviendas sino también la disolución de ese “entre” el río y la ciudad. La playa borrada, borradas sus huellas, como un palimpsesto que se pretendió ocultar. [3]
La costa se convirtió en un escenario donde se disputaba el modelo de ciudad: ¿un espacio de ocio masivo y público o uno fragmentado y comercializado? podríamos preguntarnos siguiendo a Adrián Gorelik en La grilla y el parque.
Durante el siglo XIX y principios del XX, la costa del Río de la Plata era un espacio marginal, utilitario, por sus puertos y saladeros, y hasta peligroso. La modernización de la ciudad, impulsada por el modelo de la grilla, le daba la espalda al río. A principios del siglo XX, con las ideas del urbanismo moderno, surge la visión de la costa como un espacio de esparcimiento, salud y ocio para la ciudadanía. Esto forma parte de lo que Gorelik llama la “cultura del parque”: la creación de grandes espacios verdes y de recreación que contrarresten los males de la ciudad densa e industrial. [4]
Tomemos por caso Saint Tropez. Hoy bajo ese nombre existe un “parque extremo”, cuya superficie es mayormente de cemento, un skatepark con una zona de arena artificial surcada por duchas, a pocos metros de la avenida costanera, y a muchos metros del río. [5]
La costa asoma hoy a un lugar inhabitado, inhabitable, abandonado. La antigua playa no existe, quedan los restos de una infraestructura derruida, tierra y piedras apelmazadas, ruinas adonde el agua sucia no encuentra cómo drenar. [6]
Desde la perspectiva que plantea Walter Benjamin, las ruinas no son meros escombros, sino que poseen la capacidad de ser resignificadas, revelando la barbarie que subyace a los documentos de la civilización y al concepto de progreso.
En el caso de la costa de la ciudad de Buenos Aires existe un doble juego, en el que por un lado quedan expuestas las ruinas del balneario, ya no como documento deliberado de un período que da paso a otro, de mayor progreso, sino casi como un montaje, una modificación adrede del paisaje, un abandono que se transforma en evidencia para quienes estamos poniendo la mirada buscando alguna respuesta de lo que pudo haber ocurrido allí.
Y al mismo tiempo está la ruina que opera como relleno del río, las casas demolidas, destruidas para construir las autopistas y cuyos restos yacen enterrados en el barro, en el lugar que podría recuperar esa orilla libre y hospitalaria para todos los habitantes de la ciudad.
El progreso, la civilización, llega en forma de espacio público regulado: aquí un skatepark, allí una playa de arena artificial con duchas, allá una ciclovía y más acá césped para descansar. El río, sí, helo aquí en toda su inmensidad, accesible a la contemplación desde la baranda que hace las veces de protección. Existe incluso una empalizada en la que es posible sentarse a contemplarlo. Cerca pero de acceso imposible.
Hay algo fantasmal que sobrevuela ese paisaje. Es entonces cuando empieza a tomar forma la idea de que en esa desterritorialización hay algo más. Y es inevitable pensar en el borramiento deliberado de esa playa, en un ocultamiento que fue también la irrupción de una zona liberada, en la insistencia de la marea trayendo cadáveres: los cuerpos arrojados al río, los muertos vivos, los desaparecidos. ¿Puede desaparecer una playa para que desaparezcan personas?

(…) En una olilla, que se desvanece
En los muelles los apeaderos los trampolines los malecones
Hay Cadáveres (…) [7]


Pero ¿de qué hablamos cuando decimos playa? Si buscamos en diccionarios varios, encontramos definiciones que palabras más o menos denominan playa a la ribera del mar o de un río grande, formada de arenales en superficie casi plana.
El río grande está, lejano para la mayoría. Aun así se sabe que está. Pero los arenales, o quizás la costa fangosa y movediza que describe Juan José Saer en
El río sin orillas, yacen ocultos bajo el relleno de escombros, tierra, asfalto, y tanto más.
No sólo de un accidente geográfico se trata aquí cuando decimos playa. Sino que fundamentalmente decir playa es referirse a ese espacio liminal que en la sociedad contemporánea hace más de un siglo funciona como una fuga al agobio urbano. Y que puede invitar a la contemplación de la inmensidad acuática, a la soledad o a la socialización en un espacio tiempo extra cotidiano.
En los últimos años, complementariamente al avance del negocio inmobiliario sobre las tierras costeras de la ciudad, proliferan los barrios cerrados en los que
el agua es un elemento central. Relleno y construcción mediante sobre los ríos del Delta o fabulando inmensos lagos artificiales en otras zonas suburbanas, la
necesidad del agua como paisaje, como destino, como escape o punto de reunión le agrega un plusvalor a la aspiración de una calidad de vida superior, aun con el costo cotidiano de pasar largas horas de encierro en la autopista, hacia y desde la ciudad. Entonces ¿es también así como opera la desterritorialización de la playa urbana? El que desee su porción de playa, que la encierre en un barrio a sesenta kilómetros del centro. Y el que no pueda pagarla, pues no la tendrá.
Mientras tanto, el vaivén pardo choca una y otra vez contra los terraplenes de la costanera. Y ese menjunje de agua barrosa, de sorpresivas bajantes y súbitas crecidas, también alumbra y oculta siglos y ciclos de muerte y otra vez muerte.
En ese fondo se degrada aún la sangre de los primeros habitantes de este territorio, exterminados en la conquista. También las cenizas de hombres y mujeres que mantuvieron intacto el deseo de volver a su patria por el mismo río por el que llegaron a estas costas a como diera lugar, con vida o arrojados como un enjambre de partículas enloquecidas al viento para acabar desvaneciéndose sobre el agua. Están los fragmentos de células humanas que impregnan los escombros apretados de la Amia explotada, están los cuerpos arrojados desde los aviones en la dictadura, y el ADN de aquellos que murieron solos en las casas demolidas para convertirse en relleno.
En El río sin orillas, Saer no nos dice cómo se ve la costa, sino lo que la costa significa: es el espejo turbio de una historia violenta y de una identidad que se construye, como el propio río, sobre sedimentos movedizos. El río y su costa llevan, en su memoria de barro, la huella de esa violencia fundacional.
Entonces ¿es la violencia de la historia y la identidad que cargamos irremediablemente? ¿Es el avance imparable del neoliberalismo que arrasa y destruye toda posibilidad de lazo social, de democratización del río en una ciudad cada vez más poblada de waterfronts para pocos, que como contrapartida deja a muchos en la ruina?
Quizás estás preguntas nos conduzcan a reflexionar que la posibilidad de playa en Buenos Aires, entrado el siglo veintiuno, corre riesgos de desvanecerse como las cenizas de los muertos en el aire.

El aparecido
En el río, Pablo, me topé con tu rostro,
cansada de ver tu espalda desde el parque de la memoria.
Con el murmullo del viento a estribor
apareció por un instante
tu mirada adolescente envejecida
buscando otra orilla: una dimensión invisible
como tu futuro. [8]

Buenos Aires, noviembre de 2025

NOTAS
[1] https://drive.google.com/file/d/1o560UJRp1U_-OR7Ng17p_ICFs2m4zDK7/view?usp=drive_link (Foto de autor desconocido. Circa 1970

[2] … “Sumar nuevos territorios al río se vio, y se sigue viendo, como una oportunidad para muy diferentes usos. Entre fines del siglo XIX y mediados del XX, los nuevos territorios se destinan a equipamientos, infraestructuras y usos recreativos de una ciudad que crecía y descubre su paisaje fluvial. Los barrios residenciales propuestos a fines del siglo XIX no se construyeron, y perdieron peso ante un ideario de frente “público” para la Capital. En efecto, ese fondo de barro y pastizales se transformó primero en una imagen del “progreso” para luego sumar los espacios públicos destinados a la población de la gran capital”. (La costa del Río de la Plata en Buenos Aires: Territorios, Historias, Debates, CPAU 2025, pag 24).

[3] Mientras se sucedían estas ambiciosas propuestas, en otro andarivel, ambas costaneras se consagraban como lugares privilegiados de los paseos dominicales de los porteños. En la Costanera Sur la contaminación del río obligó a clausurar el balneario en la década de 1960 y tuvo su acceso muy limitado en los periodos de gobiernos militares, no obstante, continuó funcionando como el “desahogo” para los barrios del sur. En correlato, en la Costanera Norte, los “carritos” del asado y las playas –con nombres alusivos como St. Tropez– se presentaban como un concurrido solárium urbano. Tal vez, el ciclo 1930-1970, fue una suerte de época de oro de las costaneras entendidas como espacio público de Buenos Aires” (La costa del Río de la Plata en Buenos Aires: Territorios, Historias, Debates, CPAU 2025, pág. 58)

[4] Gorelik, A. (1998). La grilla y el parque: Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936. Bernal, Argentina: Universidad Nacional de Quilmes

[5] https://drive.google.com/file/d/1oRUekj4ISBmOJsgsPoewOPUsvp4fQ69H/view?usp=drive_link

[6] https://drive.google.com/file/d/1jalYuy0iZcIs_6AZa8EQNwH7f8vnA6K9/view?usp=drive_link

[7] Perlongher, N. (2022). Cadáveres. P3-USAL

[8] Fotos y poema de autoría propia.
BIBLIOGRAFÍA

Benjamin, W. (2005). El libro de los pasajes. Madrid, España: Akal Ediciones.
Deleuze, G., & Guattari, F. (2020). Mil mesetas: Capitalismo y esquizofrenia. Valencia, España: Pre-Textos.
Gorelik, A. (1998). La grilla y el parque: Espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936. Bernal, Argentina: Universidad Nacional de Quilmes.
Heidegger, M. (1951). Construir, habitar, pensar.
Lynch, K. (2006 [1984]). La imagen de la ciudad. Barcelona, España: Gustavo Gili.
Novick, A. y otros, (2025). La costa del Río de la Plata en Buenos Aires: Territorios, historias, debates. Buenos Aires, Argentina: Observatorio Metropolitano CPAU.
Perlongher, N. (1987). Cadáveres. (Dentro del poemario Alambres). Editorial Último Reino, Argentina.
Saer, J. J. (1991). El río sin orillas: Tratado imaginario. Barcelona, España: Seix Barral.
Sarton, M. (2023). La playa junto al mar. Buenos Aires, Argentina: Gallo Nero.